El hermoso viaje hacia Ítaca

Comienzo el blog no por el principio, sino por el final… por eso que llamamos meta, destino. Eso que se supone que está al final del camino.

Pero yo creo que nuestro DESTINO, con mayúsculas, no es un momento, un logro o un lugar; ni tampoco algo que está al final de un supuesto proceso o camino. Cada vez estoy más convencido de que nuestro DESTINO es el propio camino que recorremos. Nuestro propio camino. Ese que nadie más que nosotros puede recorrer; porque es nuestro. Es único, como cada uno de nosotros. Y el camino lo forma cada uno de los pasos que damos. El que das hoy, ahora. El que darás mañana. Los pasos que seguirás dando el resto de tu vida.

Sin embargo, a menudo nos centramos tanto en nuestros objetivos, nuestros sueños… que no prestamos atención al camino en sí que estamos recorriendo. A veces, lo vemos tan lejano, complicado e inaccesible, que ni siquiera nos ponemos a andar. A veces pensamos que quizá no llegaremos. O que quizá, si llegamos, no sabremos qué hacer allí. Pero ¿sabes qué? Da igual que lleguemos o no. Lo importante no es el objetivo, sino todo lo que habremos vivido por el camino: experiencias, aprendizajes, satisfacción.

Hay un poema de Konstantínos Kaváfis que creo que explica de forma muy bella esto sobre lo que hablo, y que me parece vital para vivir una vida plena y satisfactoria: la importancia de disfrutar y enfocarse en el camino que recorremos, una vez que sabemos hacia dónde nos dirigimos.

 

ÍTACA

Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca

debes rogar que el viaje sea largo,

lleno de peripecias, lleno de experiencias.

No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,

ni la cólera del airado Posidón.

Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta

si tu pensamiento es elevado, si una exquisita

emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.

Los lestrigones y los cíclopes

y el feroz Posidón no podrán encontrarte

si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,

si tu alma no los conjura ante ti.

Debes rogar que el viaje sea largo,

que sean muchos los días de verano;

que te vean arribar con gozo, alegremente,

a puertos que tú antes ignorabas.

Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,

y comprar unas bellas mercancías:

madreperlas, coral, ébano, y ámbar,

y perfumes placenteros de mil clases.

Acude a muchas ciudades del Egipto

para aprender, y aprender de quienes saben.

Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:

llegar allí, he aquí tu destino.

Mas no hagas con prisas tu camino;

mejor será que dure muchos años,

y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,

rico de cuanto habrás ganado en el camino.

No has de esperar que Ítaca te enriquezca:

Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.

Sin ellas, jamás habrías partido;

mas no tiene otra cosa que ofrecerte.

Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.

Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,

sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.

Y para terminar, una última reflexión: la persona que serás dentro de tres o cuatro años, depende de lo que hagas a partir de hoy. ¿Qué pasos vas a empezar a dar ahora?

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